17 mar. 2010

SOBRE LA VERDAD

La verdad es lo que uno es, tal como es. El que no nos agrade cómo somos también es parte de lo que somos porque ese desagrado ha sido creado por nuestro pensar y por lo tanto, hace a nuestra manera de ser, a nuestra manera de ver, a nuestra manera de sentir. Ser es la totalidad de lo que se es independientemente de lo que nos agrade o desagrade de nosotros. La totalidad de lo que uno es tal como es, esa es la verdad.

Es innegable que si la verdad no tiene relación directa con nosotros no tendría relevancia ni sentido, porque sería algo abstracto, volátil, que no se vincularía de ninguna manera con nuestra vida, de suerte que no tendría ninguna utilidad y, por lo tanto, sería estupido tratar de encontrarla. ¿Buscamos la verdad para encontrarla o buscamos la verdad para encontrarnos? ¿Buscamos la verdad por mera curiosidad o porque sospechamos que ella encierra el misterio de la vida y del vivir? ¿Buscamos la verdad para encontrar paz y felicidad o buscamos la verdad para tener un arma que sirva para ahuyentar el sufrimiento, la desdicha y la confusión que nos invade?

Consideramos que la verdad es algo ajeno a nosotros y que, por lo tanto, se debe encontrar en algún remoto lugar del universo y la existencia. Esta suposición es la que permite que no percibamos que la verdad está en nosotros y que seamos lo que seamos, esa es la verdad. Suponer que la verdad se encuentra fuera de nosotros es como suponer que nuestra existencia se encuentra fuera del universo.

Somos lo que somos -buenos o malos, correctos o incorrectos, morales o inmorales, santos o pecadores, verdaderos o falsos, justos o injustos- y eso nos revela la verdad de lo que somos, con total independencia de que nos agrade o nos desagrade. Aunque no nos agrademos a nosotros mismos, seguimos siendo lo que somos. El desagrado sobre nosotros mismos lo crea el pensamiento porque genera la comparación entre lo que somos y lo que deseamos ser. Pero el pensamiento sólo puede desear ser algo distinto a lo que somos, porque a pesar del desagrado, seguimos siendo lo que somos, de modo que el simple deseo de ser diferente es irrelevante, no nos transforma en otra cosa en lo más mínimo.

El pensamiento inventa nuestros deseos, nuestra ambición, crea el egoísmo, desarrolla la violencia, alimenta la envidia y la vanidad, para luego juzgarlas como desagradables, porque obviamente estas miserias humanas le impiden conseguir paz y felicidad. Así, el pensamiento puede crear miserias pero no puede hacernos retornar a la inocencia original ni mostrarnos nuestra verdadera naturaleza… ¡sólo porque el lo desee!

El pensamiento nos expulsa del paraíso -que es la inocencia de la niñez- para trasladarnos al infierno de la ambición, la violencia, el egoísmo y el temor. Una vez que el pensamiento diseñó cual era nuestra mejor manera de ser, se arrepiente y desea retornar al paraíso -pero con la experiencia adquirida en el vivir-. Sólo que el pensar en la simpleza no transmuta lo que somos, no cambia lo que el pensamiento hizo de nosotros, de modo que negar la bolsa de miseria humana en que nos hemos convertido no modifica lo que actualmente somos y… esa es la verdad… a pesar de que no nos guste.

El no aceptar como somos crea la contradicción del ser -lo que somos- y del no ser -lo que no somos- lo que en la práctica de la vida diaria es confusión y conflicto entre lo que somos y deseamos ser. Esta contradicción se transforma en la lucha eterna del pensamiento contra el pensamiento, en el afán de dilucidar cuál es la salida para encontrar el camino de regreso al paraíso perdido. Es obvio que ningún camino será encontrado porque el pensamiento manipulándose a sí mismo se evapora en elucubraciones, especulaciones, análisis, suposiciones, deseos, ilusiones, lo que significa desperdiciar lucidez mediante el despilfarro de teorías intelectuales sobre lo que deberíamos ser.

Lo que deberíamos ser no existe, lo que existe es lo que somos, como somos. El negar la verdad de lo que somos interiormente no nos convierte en otro ser diferente ni mejor, simplemente crea una contradicción y un conflicto imposible de resolver por el pensamiento, de modo que no nos agrada en lo que nos ha convertido el pensamiento, pero seguimos confiando al pensamiento la tarea de sacarnos del infierno al que nos ha esclavizado. ¿Cómo lo hará? ¿Tiene el pensamiento la capacidad para transformar el infierno -que él armo- en simplicidad, en paz, felicidad, armonía, lucidez, humildad, inteligencia?

Somos la inocencia de la niñez más todo aquello que armó el pensamiento y que constituye la miseria humana. La inocencia original se encuentra en el subsuelo del alma, tapada por las miserias construidas por el pensamiento en el transcurso del vivir con el afán de convertirnos en alguien. Es vana la tarea de querer retornar a la pureza original mediante una solución encontrada por el pensar porque todo lo que debemos hacer es eximir al pensamiento de la labor que le hemos encomendado inconcientemente. Encomendar al pensamiento la búsqueda de la verdad es equivalente a pedirle a un zorro que cuide el gallinero. Es sólo el silencio quien puede disipar el parloteo innecesario e incesante de la mente para que se revele nuestra Naturaleza Original.

La verdad la suponemos ajena a nuestro mundo interior porque la maraña tejida por el pensamiento -sobre lo mejor para nosotros- aparenta tener claridad, racionalidad coherencia, corrección moral, aceptación social. Tal como se puede ver en nuestro diario vivir eso no es así, pero no aceptamos que estamos equivocados sobre el punto de vista que hemos fabricado para ver el vivir y la vida, de modo que para absolver a nuestra visión equivocada, le condonamos la ignorancia, cediéndole la búsqueda de la verdad en cualquier lugar -no se sabe dónde- del espacio, del cosmos, de la existencia, pero jamás dentro de nosotros.

Creemos que la verdad está en cualquier lugar menos en nosotros. Tenemos todo tipo de creencias, pero no creemos que la verdad esté dentro nuestro y que sea lo que nosotros somos a cada instante. Jamás podremos creer en ello simplemente porque no es conveniente que la verdad sea la miseria humana que somos. Pero la verdad no tiene relación alguna con la belleza o la fealdad interior que revela lo que somos, ella tiene relación directa con lo que es y cómo es, independientemente de la valoración estética que realicemos de nosotros mismos.

La verdad no es un concepto, una sentencia, un punto de vista particular, un sistema, un método, una teoría, una instrucción, un argumento, una opinión, un dogma, un evangelio, un credo, una convicción, una filosofía, o sea, no es una concepción particular que necesite ser defendida, amparada, protegida, poseída, aprisionada en la mente conciente, en el trasfondo psicológico de la mente individual de cada uno o en la memoria colectiva. La verdad no necesita argumentos ni adeptos porque no es una ciencia que depende de la aceptación de la mayoría de la sociedad para ser admitida y revelarse como ley… tal cual es.

La verdad es vivir en estado verdadero, o sea, en la perfecta armonía entre lo que se piensa, se siente y se hace, porque obviamente ese estado de totalidad de ser tiene como consecuencia una mente lucida, inteligente, que permite abrigar una percepción sin opciones, que no tiene contradicciones ni conflictos. Sólo ese tipo de mente es la que puede captar lo que es, lo verdadero. Al ser la verdad lo que somos, para encontrarla sólo tenemos que comprender lo que somos, de manera que la verdad no consiste en ningún tipo de definición intelectual que se encuentra escondida en algún remoto rincón del universo accesible a través del pensamiento. Pero creemos que es así, y esta creencia nos lleva a situar al pensamiento en la tarea de escarbar dentro de la mente con la finalidad de que encuentre la definición que lo resuelve todo.

Convencernos que esa frase mágica, esa palabra esotérica, esa definición intelectual milagrosa, no existe, es lo mas difícil de aceptar, a pesar del esfuerzo que hemos hecho durante toda nuestra vida intentando encontrarla. Obviamente esa posibilidad jamás la tomamos en cuenta ni en nuestros sueños; continuamos dándole tiempo al pensamiento para que… algún día… [¿?]... encuentre la frase maravillosa que nos deje estupefactos y… lo resuelva todo… [¿?].

Para encontrar la verdad debemos ser transparentes, cristalinos y lo único que nos puede ayudar a ser integralmente traslucidos, es la meditación, porque la meditación es un espejo indiviso que nos muestra -tal como es, integralmente- nuestro mundo interior. La meditación es el único espejo que refleja nuestro mundo interior tal cual es y esa es la razón por la cual la meditación nos desagrada, porque ella manifiesta a la mente conciente la locura y las miserias humanas que se encuentran escondidas en nuestro trasfondo psicológico, de manera que en realidad no es la meditación la que nos desagrada, sino lo que la meditación nos muestra, nuestro mundo interior. Nos desagradamos a nosotros mismos porque nos cuesta convencernos de que seamos como la meditación nos muestra que somos. Lo que nos disgusta es ese mundo interior hipócrita, mezquino, avaro, desventurado, temeroso que tenemos y que aborrecemos ver… no la meditación.

Aborrecer la meditación es como mirarse el rostro en el espejo y culpar al espejo porque refleja nuestra fealdad física. La meditación no es culpable ni responsable de la tosca fealdad interior que abrigamos. Todo se resume a asumir lo que el espejo interior nos muestra, o sea, que somos lo que somos y la meditación no es la culpable de ello. En realidad deberíamos agradecerle a la meditación por ser la única herramienta directa que poseemos para vernos interiormente. Visión que permite trascender la miserable vida interior que tenemos, responsable de ocultarnos la luz de la verdad.

Uno debe ser luz para sí mismo, pero jamás existirá ese faro dentro nuestro mientras no conozcamos, veamos, enfrentemos, trascendamos y comprendamos ese mundo interior miserable, conflictivo y confuso que tenemos. Esa trascendencia se hace posible con la meditación… aunque no nos agrade… aunque nos disguste.

Florecer sólo es posible desde la verdad -sea lo que ella sea-, no desde el deseo que busca que seamos algo diferente a lo que somos. Cuando pretendemos ser algo distinto a lo que somos, creamos no sólo la diversidad dentro de nosotros, sino que por sobre todo la permanente contradicción entre lo que somos y lo que queremos ser. La pretensión de ser algo distinto a lo que se es, divide y crea el permanente desgajarse intentando encontrar la fórmula de iluminar en nosotros al ser íntegro que desea ser.

El tiempo que derrocha el pensamiento tratando de encontrar la frase mágica que descubra el secreto que permite no hacer nada por uno mismo, y que por prodigio divino resuelva y ahorque al ser que no nos encanta ni seduce -que somos nosotros mismo tal cual somos- es el tiempo donde inconcientemente se crea el habito-costumbre del parloteo incesante de la mente, lo que provoca obsesión sobre cualquier problema y desafío que la vida nos envía. Cuando ese hábito está formado, ya no tenemos la capacidad de percibirlo como estado anormal de la mente, porque está envuelta en el círculo vicioso e ininterrumpido de parlotear incansablemente. Este vicio de murmuración chacharera lleva a la auto-consideración de que el chismorreo inagotable es la actitud innata de la mente, de manera que -además de no permitirnos percibir su anormalidad- nos concede la inconciencia y la ceguera que no nos deja buscar una posibilidad diferente a la especulación intelectual para librarnos del sufrimiento que nos provoca.

Así, la verdad que nos revela el pensamiento -con su picoteo de mil temas inconsistentes- es lo que no sabe. Sin embargo, tras descartar novecientas noventa y nueve ideas como falsas, decide apadrinar a una que encaja en su sensación psicológica, en su excitación emocional, en sus pasiones sentimentales y en sus intereses materiales como verdadera, y a ella se aferra. El resultado de esto es la misma obsesión pero restringida a una idea central y a un entorno múltiple de conceptos, especulaciones, conocimientos, sensaciones, y la consecuente esquematización, estructuración y amoldamiento de la mente; lo cual brinda las impresiones de fortaleza psicológica y apariencia de un estado inflexible e inmutable del pensar. Esto termina derivando en sensación de seguridad, lo cual a su vez, alimenta al círculo vicioso del susurro, la murmuración y el secreteo silencioso del pensar… ¡consigo mismo!

De esta manera el pensamiento intenta armar la verdad, pero es obvio que es una tarea inútil, banal, arrogante, porque el pensamiento no tiene la cualidad de la percepción, de la intuición -herramientas imprescindibles para penetrarla, comprenderla, captarla-, mucho menos cuando se encuentra ocupado en armarla y desarrollarla a su manera y conveniencia. De modo que todo esfuerzo es vano cuando el pensamiento intenta decidir cuál es la verdad porque la función del pensamiento es meramente explicativa, descriptiva, aclaratoria, y esa es su utilidad. Cuando abandona esta función se transforma en especulación, supocisión, deseo, obsesión, análisis, teoría, pretensión, codicia, ideal, etc.

La verdad no es una opción que se encuentre disponible o a disposición de los antojos del pensar, ni es una resolución que esté sujeta a caprichos y humores, lo que significa que no es utilizable en un plebiscito de ideas donde el pensamiento puede favorecerla con su elección. De la misma manera, la verdad de lo que somos no es opcional, no depende de nuestro gusto o aversión, de nuestra simpatía o antipatía con ella, porque no es un referéndum. Lo que somos es lo que es, y lo que es, es indiscutible, y lo indiscutible es verdadero. No es opcional ni necesita de sufragio alguno para ser aprobado.

Buscar la verdad fuera de uno mismo es simplemente auto-engaño. El pensamiento busca la verdad fuera de la mente como si supiera que existe en otro lugar, en el exterior; pero si esa verdad es encontrada, es encontrada por la mente, de manera que buscar la verdad fuera de la mente o que el pensamiento la invente, es ignorancia. La existencia de la verdad fuera de uno mismo es ilusión. Fuera de uno mismo están los hechos; hechos que veremos desde el silencio interior o desde el parloteo de la mente. Desde el silencio podremos captar lo verdadero, desde el parloteo simplemente especularemos, interpretaremos, desvirtuaremos lo verdadero.

Ver lo que es como es, es la verdad; ver lo que es como lo que pienso que debería ser, es la mentira. El parloteo incesante de la mente y sus consecuentes elucubraciones, invenciones, fantasías, ilusiones, teorías, ideales, doctrinas y creencias, es el ensayo cotidiano que realiza nuestra mente con la locura. El ensayo sobre la locura es el pan de... NUESTRO DIARIO VIVIR.

¡Es verdad -porque lo vive cotidianamente- aunque a usted no le agrade!

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